El Proceso a Jesús (IV)

 

Terminamos hoy con los pormenores del proceso a Jesús a partir del análisis de cinco preguntas clave. Hoy, la última pregunta:

 

 

 

    5. ¿Hubo entonces un ‘juicio’ romano a Jesús?

 

 

 

 

 

 

 

'Cristo ante Pilatos' (1881), obra del pintor húngaro Mihály Munkácsy. Pilato sentado en el tribunal ('bematos'), parece no hacer mucho caso al griterío de los líderes judíos, mientras Jesús, de pie, en el centro, lo contempla sin decir nada. (Déri Museum, Debrecen, Hungría)

Jesús fue juzgado y condenado en un momento complicado, la Pascua judía, lo que aceleró el proceso y es obvio que la complicidad Caifás-Pilato hubo de jugar un papel importante en tal aceleración. Recordemos que cuando Pilato fue destituido (36), también lo fue Caifás, quien habíase mantenido en el cargo durante 18 años seguidos, un hecho insólito. La mayoría de autores está de acuerdo en que el proceso romano a Jesús fue una vista muy breve, y no un juicio propiamente. Para el estudioso norteamericano Bart Ehrman, es muy posible que “no durara más que unos pocos minutos; probablemente fue uno más de los muchos asuntos de una agenda matutina demasiado cargada. Aquella misma mañana otras dos personas fueron acusadas de sedición”.  De forma análoga A. Piñero indica que “tal como lo cuentan los evangelistas parece que ese proceso romano fue más bien una indagación, una vista rápida (cognitio), que un juicio en toda regla (quaestio), que hubiera exigido una acusación formal y una defensa, más una sentencia, lo que requeriría tiempo y esfuerzo psicológico.” Del mismo modo Theissen y Merz lo consideran una cognitio o, en todo caso, una medida forzosa (coercitio). Aunque optan por un proceso a Jesús que fue una instrucción extraordinaria (cognitio extra ordinem), un proceso rápido, aunque legal, en el cual el funcionario del estado – Pilato en este caso –, determinaba todo el procedimiento: acusación, interrogatorio, confesión (el silencio era considerado como confesión de los cargos), y dictaba sentencia. La causa de la condena de Jesús fue la sedición (seditio), es decir, traición al César y al Imperio. Para Piñero, “tras la condena interna judía, las autoridades condujeron a Jesús ante Pilato y juzgaron la baza del orden público – olvidándose de todo motivo religioso – para eliminar un sujeto peligroso de la escena jerusalemita.” Técnicamente, la causa de la condena fue un crimen de lesa majestad contra el pueblo de Roma (crimen laesa maiestatis populi romani), con base en la lex Iulia maiestatis. Dan fe de ello varios puntos: la pregunta que siempre le realiza Pilato: “¿eres tú el rey de los judíos?” (Mc 15,2 y par.), el titulus crucis que Jesús llevó colgado en su Pasión y muerte, que indicaba “Rey de los judíos” (Mc 15,26 y par.), el episodio de la corona de espinas (Mc 15,17 y par.), o la asignación de la pena de crucifixión (destinada especialmente para los sediciosos contra Roma que no eran romanos, o para los esclavos sublevados contra sus amos). Como afirma el teólogo protestante Ed P. Sanders, “es altamente probable que Jesús fuera ejecutado por sedición o traición en cuanto aspirante a rey.”

 

          Pilato, pues, sentenció a Jesús, en una vista rápida, un proceso simplificado, habitual en las provincias, y que se conoce como instrucción extraordinaria (en latín, cognitio extra ordinem, ‘fuera de lo común’), en el que el reo no tiene defensa, y que se desarrolla con la lectura de la acusación, el interrogatorio para verificarla y la sentencia. Ya Filón de Alejandría, coetáneo de Jesús, explicaba que Pilato realizaba “ejecuciones de reos sin juicio ni condena” Como señala Bovon, el titulus “rey de los judíos” es la justificación evidente de la acusación por sedición. En palabras del especialista alemán en el Imperio Romano y en el derecho penal romano, Theodor Thommsen, “la sedición (en latín, seditio) era la insubordinación tumultuaria de una multitud contra la magistratura.” La sedición, siguiendo a Mommsen, toma una doble designación en el lenguaje jurídico romano: la perduellio, más orientada a los soldados (deserciones, revueltas, pasarse al enemigo), y la maiestas, simplificación de crimen de lesa majestad contra el pueblo de Roma (en latín, crimen laesa maiestatis populi romani). Esta última fue la acusación que, muy probablemente dictó Pilato, y que llevó a Jesús a ser condenado a morir en la cruz: ibis ad crucem (‘irás a la cruz’), si la pronunció en latín.

El emblema (signum) de las legiones romanas (y por ende del poder de Roma) era el águila (aquila), hecha de material precioso (bronce, plata u oro) y transportada por el aquilifer. El acrónimo SPQR, el 'Senado y el Pueblo romano' (Senatus PopulusQue Romanus) era emblema de la ciudad de Roma des de finales de la época republicana.

 

'Ecce homo' o Poncio Pilato presenta a Jesús a la multitud (1548), obra del renacimiento tardío del pintor veneciano conocido como Tintoretto. Ecce homo (en latín, ‘He aquí el hombre’, Jn 19,5) es la cita de Pilato cuando presenta al Jesús azotado, con la corona de espinas en la cabeza y el manto sobre los hombros, indefenso y humillado ante la plebe judía que grita que le crucifiquen. (Museo de Arte de Sao Pablo, Brasil)

 

        Para terminar, consideraremos un último aspecto del juicio a Jesús: la presencia de la plebe judía (influenciada por sus líderes) exigiendo a Pilato la muerte de Jesús. Un hecho absurdo.

 

            Que justo antes de la víspera de la Pascua, una muchedumbre judía entrase en las dependencias romanas para manifestarse, como dan a entender los sinópticos, es ya muy difícil, por una cuestión de seguridad y por el tema de la impureza ante la celebración inmediata de la principal festividad judía. Aunque hay dudas sobre si existían o no normas especiales de pureza ritual en la cercanía de la Pascua, resulta plausible que, al menos en el caso de los sacerdotes, sí existieran, como describe Juan (Jn 18,28). Ahora bien, dejando de banda todo este debate, y como subrayó el teólogo protestante alemán y humanista A. Schweitzer, “el pueblo no sabía aquella mañana que Jesús había sido procesado.” Esto es lo más probable y es básico. Jesús fue capturado muy de noche y en las afueras de la ciudad, y crucificado por la mañana temprano, a las pocas horas del arresto, en la otra punta de Jerusalén. Además, que Pilato fuera a ejecutar a alguien por ser un nacionalista judío sería muy normal: ¡era su trabajo! Lo que es anormal es que necesitara la aprobación del pueblo para hacerlo. Además, esta aprobación tan resuelta del pueblo contra Jesús, aceptando ejecutar a un compatriota que busca la libertad de los suyos ante Roma, es casi imposible de admitir. La cita atribuida a los sumos sacerdotes “...no tenemos otro rey que el César” (Jn 19,15 frag.) es históricamente irreverente. A eso hay que añadir que:

  • No hay constancia alguna de que existiera un llamado privilegio pascual (motivo para la liberación de Barrabás por la Pascua). Como señala Kautsky, “incluso los evangelistas tuvieron que ver que presentar un Pilato tan proclive a Jesús – cuando las fuentes que tenemos lo describen como un hombre inflexible en su trato con los judíos –, resultaba excesivamente irreal, e incluyeron este supuesto privilegio pascual para hacer ”más admisible este papel.”
  • Se piensa que, entre otras cosas, Pilato fue nombrado por Tiberio pero a instancias de Sejano, quien era de talante antisemita según Filón de Alejandría (s.I).
  • El pueblo no solo pide la liberación de Barrabás, sino que también pide la crucifixión de Jesús, que es también judío.
  • La incongruencia que supone que los habitantes de Jerusalén reciban a Jesús con vítores y aclamaciones en su entrada y, pocos días después, exijan su muerte, no puede explicarse con facilidad.
  • De hecho, toda la escena aparece como una recreación del evangelista. La finalidad es hacer recaer la culpa de la muerte no en el Imperio Romano (los cristianos necesitaban su aceptación, ni solamente en la élite sacerdotal judía, sino en todo el pueblo judío. Al respecto, la terrible frase de Mateo: “Y al ver Pilato que nada ayudaba, sino que más tumulto se producía, tomando agua se lavó las manos frente a la multitud diciendo: “Soy inocente de esta sangre; vosotros veréis”. Y como respuesta todo el pueblo dijo: “Su sangre sobre nosotros y nuestros hijos” (Mt 27,24-25), es un ejemplo de añadido redaccional (del evangelista), que puede tener su marco de referencia veterotestamentario en la maldición de David (2 Sam 3,28-29), y que probablemente haya servido de justificación al odio entre pueblos con efectos catastróficos e incalculables sobre la historia de la humanidad. Montserrat Torrents lo define como “una invención malintencionada”, y probablemente se quede corto. El mismo autor nos da la razón del porqué de tal comentario: “Mateo, que escribe después de la guerra de los judíos [donde estos se sublevaron contra Roma: 66-70], cubre con ella dos objetivos políticos: mostrar ante el público del Imperio que el prefecto Pilato no fue el responsable de la muerte de Jesús, y que la destrucción de Jerusalén [y su templo] y el exterminio de miles de sus habitantes había sido un castigo por haber causado la muerte de Jesús. Y para justificar su tesis [Mateo] no duda en atribuir al pueblo de Jerusalén la increíble perversidad de arrancar del gobernador romano el suplicio de un hijo de Israel.”

          En conclusión, y como sintetiza Fernando Bermejo, “lo que motivó la ejecución de Jesús como ‘rey de los judíos’ fue el peligro que para el orden público supusiera su acción en el Templo y las implicaciones políticas de su mensaje.” O, como resumió Paul Winter, “Jesús fue detenido, acusado, condenado y ejecutado por el delito de rebelión.” O, como simplificó Geza Vermes, “por hacer lo que no debía [su acto provocativo en el templo, de trasfondo escatológico], cuando no debía [en la Pascua, cuando Jerusalén se llenaba de peregrinos y el sentimiento nacional se reavivaba] y donde no debía [en el templo de Jerusalén]”.

 

        Concluimos así estos cuatro posts sobre el juicio a Jesús, en que hemos analizado cinco preguntas claves a las que hemos tratado de dar respuesta a pesar de los pocos datos existentes–, dejando el juicio final al lector.

 

Un saludo,

Jon C.

 

 

 


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